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Archivo de la etiqueta: distancia

Decidme que algo no tiene precio
Decidme que existen cosas que no se pesan
y que se puede vivir de amor

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Quise escribir un libro que se convirtió en una larga introducción al libro que siempre quise escribir, del que sólo pude escribir la introducción.

Quise inventar una historia e inventar personajes y me reconocí en cada uno de los personajes que se formaban en mi imaginación. Sus historias eran trozos de la mía. O la mía un trozo de la de ellos. Sus vidas, por cuanto me esforzara por alejarlas en el espacio y el tiempo, siempre volvían a mí.
Quise escribir un libro para que fuera recordado por la posteridad, de contenido trascendente, una obra maestra de la literatura universal. Y ni siquiera escribí un libro. Sólo escribí la introducción, que en realidad tampoco escribí, sino que la estoy escribiendo (hablar en pretérito da cierto tono solemne a las palabras, y mi manera de escribir es tan presuntuosa que quiere parecerse a la ambigüedad profética de Nietzsche).

Siempre tuve la obsesión de producir. La necesidad de que los fantasmas tomaran una forma tangible, concreta. Una suerte de exorcismo, si se quiere, una purificación mediante el cuerpo, mediante la fisicidad.

Cuántas veces quise olvidar.Olvidar. Y no, no. No se olvida lo que se quiere olvidar.

Nunca pude olvidar el hastío. El tedio infernal de las tardes infinitas. Del día que nunca acaba o acaba sin terminar.

Nunca olvidé las noches sin sueños y los ataques de ansiedad.
Las noches blancas y vacías. Volver a casa. La miseria de volver sin nada conquistado, sola y sin nada entre las manos, sin llevar conmigo más que el frío de esa desolación.
El dolor de esa distancia sin medida, de mi lejanía. La lejanía que es tirano, rey implacable en mi vida.
Siempre aguanté el peso de esa destrucción y en realidad nunca fui capaz de enfrentarme a las cosas. Es mucho más fácil soportar.
Y todo se va rompiendo dentro de mi. Se erosionan las emociones y la fuerza de voluntad
Yo no soy nada, si es que algún día fui

Yo ya no soy nada, nada más que una larga introducción al libro que siempre quise escribir.

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Nuestra generación está condenada a una eterna adolescencia. Y cada uno es artífice y elige su propia condena. De nada sirve el victimismo y el arrepentimiento: me provoca náuseas la hipocresía del perdón. Ya que vivimos en el límite, más allá del bien y del mal, acomodados en un limbo en el que es lícito y celebrado el descontrol.

Es hora de desterrar de nuestras mentes la patética finción de la moral. La incertidumbre, la precariedad del futuro, el enorme miedo a poner los pies en el suelo y a admitir la consistencia de una, de cualquier realidad son el estigma de aquellos que, como yo, han mamado desde siempre de la mierda edulcorada en la que se han convertido todos los que quizá un día fueron ideales.

Cómo condenar el escepticismo, el cinismo, la indiferencia ante las cosas, en un mundo que se ha envenenado hasta el punto de que la libertad no puede ser sino el no esperarse nada, el no creer en nada. Hasta el punto de que tenemos que esnifar cada vez mayores dosis de felicidad, y vendemos el cuerpo y el alma, que no valen ya sino menos que nada.

Nacimos cansados y crecimos solos. No crecimos. Aprendimos solamente a deslizarnos entre las cosas. A manejar cada uno nuestras propias mentiras y a comprarnos pastillas para sedar la ansiedad.

La nuestra es la sociedad de los analgésicos, que todos negamos el sufrimiento. Negación que nos somete, nos hace jóvenes esclavos y orgullosos de la narcosis y la alienación.

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