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Archivo de la etiqueta: ciudad

                                                                                                           (A mis amigos, todos ellos)

 

 

He pertenecido al silencio.

Me he ahogado en gritos que no salen,

en palabras que no existen.

Ni paráfrasis existen

que sirvan para explicar nuestra Angustia.

 

Somos hijos de la Historia:

vivimos en una generación todas

las generaciones que nos precedieron aquí

en esta tierra humillada.

Esclavos de la memoria.

 

He crecido entre las sobras

de la ciudad siempre despierta,

compulsiva en todas mis conductas

-porque el entorno nos conforma-.

La ciudad me hizo ciega a la luz

y sorda al sonido,

de tanto ruido y tantas farolas, fanales

de coches en procesiones infinitas.

Lluvia sucia en el asfalto hirviente

vapor y humo.

La ciudad arde,

se retuerce en la contradicción del velado nexo

entre el patológico exceso de cosas –el imperio del consumo-

y el defecto de valor,

postergado hasta la anulación

por el binomio imbatible mercancía-precio.

 

Nosotros somos masa informe en el crepúsculo

jóvenes cáusticos y hambrientos

deprimidos espectros demacrados

avanzamos vencidos hacia destinos inciertos.

Vestimos la identidad reglamentariamente convenida

del estereotipo que mejor nos calza.

Y procedemos impulsados

por una única fuerza

que no es la nuestra,

inextinguible y lenta

la ley de la inercia.

 

 

(-No sé amar,

nunca nadie me ha amado.-)

 

 

Cuando nacimos

el amor ya había sido reducido a execrable perversión

por los medios y el consumo.

Nos contaron todas las historias,

nos atiborraron de caramelos hiperedulcolorados

sugestiva forma de corazón, blanditos y rosas

irresistibles.

Yo creo que es una sustancia que no se digiere

la sustancia de la que están hechas tanto las chucherías de los chinos,

como la mistificación y los clichés,

tanto que se nos ha quedado ahí

pegada en el estómago

desde hace años y para siempre.

 

Condición humana:

precariedad extrema.

Yo no pienso en mañana

nunca quiero que llegue.

Estiro el presente,

me refugio en el limbo de la ebriedad y la noche

a salvo del tiempo,

en los rincones inexpugnables del sueño.

Pero mañana llega

sistemáticamente

siempre

acompañado de la habitual sensación de náuseas

somatización –me figuro- de una suerte de vértigo existencial.

Yo empiezo mis días lanzándome

por la ventana de mi cuarto

al abismo negro que es más negro

que el núcleo de una célula de sombra,

a pesar de que amanece.

El clarear del horizonte anuncia

un nuevo día. Futuro:

salto al vacío.

 

Pero entonces

desde la nada,

infalible

me recoge la inercia entre sus brazos.

Templado abrazo de la repetición,

seguridad de la costumbre incrustada.

Piloto automático.

(-Duerme-).

Y es que el desarrollo de la tecnología nos hace, sin duda, la vida más fácil.

Ya no hay vértigo y se ha cerrado la ranura

antes abierta hacia la nada,

arrullada por la monotonía

me sosiego.

Se va el miedo porque

no hay lugar para el miedo

en la dinámica de nuestro tiempo,

ritmo invariable, frenético de acciones automatizadas.

 

Gracias Señor

por dar un sentido a nuestras vidas.

Gracias Señor por la Ciencia y la Técnica

-portentosas, salvíficas-

alienada me siento mucho mejor:

produzco y olvido.

Soy parte de algo

y en ese algo encuentro mi Yo.

 

El Dios tradicional

(viejo modelo compasión y perdón)

había muerto ya el siglo pasado.

Asistimos, en nuestra época, a la reformulación de la religión:

inesperadamente recuperada la Metafísica aristotélica,

presenciamos el perfilarse de un Dios-motor

gran máquina todopoderosa, de infinita propulsión.

Asimismo se modifica el despliegue práctico

del dogma de la fe:

No creemos sin ver, saber, ni amamos ya

la presunta infinita luz de un ser trascendente

pero cercano (al fin y al cabo),

casi humano (o demasiado humano).

Ya no.

Ahora sencillamente nos hallamos

-a ciencia cierta-

ante la actuación ilimitada de una divina Fuerza.

Entidad total, autocreadora y eterna

que rige mecánicamente

todo lo que en el mundo acontece.

El nuevo Dios ordena el cosmos,

libera al fin al hombre de la pregunta por las causas.

Dios simplificador

allanador de diferencias,

sin esfuerzo barre

la vieja cuestión del libre albedrío,

nos exime de por qués

y despeja la fastidiosa niebla

inhibiendo cualquier posible duda,

entorpecedora en el sistema

impecable, preciso

de todo el devenir.

 

Y así es

ya que yo sólo funciono

si no dudo

si no sufro

no siento

no escucho

no entiendo

no espero.

No me asedia la Angustia si no espero

nada.

Nunca nada.

Si no creo en nada.

Y de este modo rotas las cadenas de los vínculos,

desechadas las esposas de la moral,

los grilletes de la esperanza

y la vana idea –fantasía pueril- de una identidad personal,

así soy libre.

¿Libre?

Libre forma fluctuante

desanclada, apática, pasiva,

invertebrada.

Vacía.

 

Nada quedará de mí

tras mi muerte.

Una piedra mísera. Ni una huella.

Ni un recuerdo.

Pues la memoria se nos acorta gradual e inexorablemente cada día.

Me llorarán dos o tres veces cada uno

para guardar el protocolo

y luego olvidarán.

 

No nos enseñaron a afrontar el dolor.

Nadie nos explicó cómo sufrir,

soportar el peso de una cruz,

sentir la pena.

Olvidamos, huimos, nos anestesiamos.

Al primer atisbo de frustración

precipitadamente acudimos al especialista plurilicenciado más cercano

-Doctor, prescríbame algo para este malestar tan raro-

-Dígame, ¿dónde le duele?-

-¡No lo sé! No lo entiendo. Es algo…dentro…-

-En ese caso no se preocupe, se trata de algo muy común, bastante molesto pero afortunadamente trivial. Tome estos comprimidos y no piense usted en ello. ¡No lo piense! Y verá que en dos meses ni se acordará.-

En nuestro tiempo es legítima

-celebrada-

pregonada a diestro y siniestro la narcosis.

La vía de acceso -rápida y fácil-

(por un módico precio) al bienestar

es la enajenación.

 

Y sin embargo,

sin embargo nosotros intuimos

en este silencio

en lo profundo

el palpitar de nuestra sangre en las venas.

Sin embargo vislumbramos instantes

fugaces

de comprensión absoluta entre dos cuerpos,

de belleza vibrante

en miradas que se cruzan

o en el roce fortuito de una mano.

 

 

No hay desesperación sin un resquicio de esperanza.

 

 

Imperceptible casi

pero incendiaria,

hay una grieta que se abre

en el cemento armado de nuestras vidas.

Y ahí,

tras el cemento,

-de la hendidura surgen destellos-

se halla,

constreñida,

toda nuestra fuerza.

Latente y poderosa.

Pura

mas ceñida por un muro inexpugnable.

En nuestras noches en blanco,

(esa soledad aterradora de las noches)

noches en las que nos invade

-bruja de hielo-

la Angustia,

nosotros

desarmados, débiles

odiamos y al mismo tiempo

con todas nuestras fuerzas nos aferramos

a esa grieta,

único vestigio de humanidad

(ineliminable)

que nos queda.

 

Me ocurre algunas veces

que la lucidez me agota:

discernimiento extenuante.

En un segundo mi mente se convierte en cascada

imparable de libre pensamiento

-nuevo,

mío,

transparente-.

Y entonces, de repente,

caigo rendida a la dulzura embriagadora de la inconsciencia.

Cálido y familiar útero materno.

 

Torpemente manifestamos

nuestro desacuerdo.

(Reivindicaciones confusas, quimera borrosa)

Abrimos vías nuevas

con los medios limitados de que disponemos.

Somos héroes insectiformes

extravagantes soñadores

inconscientes

por las calles

locos

sin medidas

borrachos lamentables

sin mañana

sin creencias

sin respeto a la vida

ni prudencia

sin experiencia

quemamos los días

quemamos

a cada paso

enteras avenidas

en nuestro avanzar.

Dejamos la marca de fuego

del desenfreno que

nos enciende, al quitarnos el velo.

En cortejos

de ojos

(¡despiertos!)

que ven y

se deslumbran

cuando miran el cielo.

 

Y tantos nos perdimos…

nos perdemos.

Desgastamos los frenos

inhalando el gozo de la imposible desmesura.

Y no era más que un querer

acceder a la fisura.

Volver a nacer,

reconquistar lo que es nuestro

el ser que no somos

que nos es negado, que nunca fuimos

que anhelamos.

 

No sabíamos

no pudimos.

Nos perdimos.

Éramos ingenuos adolescentes

famélicos

-solos-

sin nada que perder en el intento.

Éramos niños perdidos

arrojados de la nada

a la ciudad implacable.

Sin un ancla

ni un faro,

sin perspectiva alguna de futuro

y un pasado ancestral y polvoriento,

un pasado que pesaba demasiado sobre nuestra espalda diminuta.

Fue una carga injusta

impuesta por la Historia

y que nosotros jamás sentimos como nuestra.

 

Huérfanos del antes y el después

encontramos un amparo en la inconsciencia.

Fuimos hijos adoptivos de la Urbe.

Ella nos enseñó todo

y nosotros aprendimos rápido.

Aprendimos a vivir en la ciudad y a ser como ella,

a funcionar a su compás,

a construir refugios de acero y asfalto

y a deslizarnos como sombras

por las calles

como una extensión de nuestra madre,

confundirnos en su geometría.

Encajar, uniformarnos, envilecernos.

A no desentonar.

 

Ya adolescentes experimentamos

en silencio

la fractura:

ese algo que me falta indescifrable

nos acuciaba tácitamente.

Y nosotros huíamos de la sujeción a nuestra madre tirana…

En las noches de verano nos escondíamos,

ebrios por la excitación,

en los pinares limítrofes.

Descubríamos la risa

febrilmente

bebíamos nuestras primeras gotas de pasión.

Experimentábamos la vida.

Empezamos a violar todas las reglas

-ingenuos, candentes-

finalmente rompimos el silencio

y cantamos en la noche una canción que todos sabíamos sin saberlo.

Nuestro canto se elevó inmemorial y poderoso

hizo temblar los árboles,

innumerables flores blancas brotaron del suelo yermo.

 

En nuestra inconsciencia habita la consciencia

que en nosotros la Historia ha sembrado,

esta Historia cuyo hombre no tiene ya

más que las heridas

siempre abiertas

de la memoria.

Y ya quizá no nos quede otra elección

más que ofrecer a su sed de justicia

la fuerza de nuestro eterno presente de felicidad,

y a la luz de un tiempo que comienza

la luz de quienes son

lo que aún no saben,

y quizá nunca sabrán.

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