Abandono esta página, soy incapaz de cerrarla.

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Yo no te quiero ver todo el tiempo para quedarme callada y ser tu zorra
para que te limpies la conciencia con mis bragas, para recoger las sobras de tu amor y de tu vida y escuchar sentencias desusadas.

Yo te quiero ver llorar toda el desprecio y la miseria de los días y días que no me hablas no me quieres no me piensas no me llamas no me esperas
no me dejas
no me escuchas
no me escuchas
no me escuchas
no me dejas
no me cojes
no me dejas
no me eliges
no la dejas

Yo no cuento mis secretos para aliviar su peso,
lo hago para demostrar que no tengo secretos que me pesan.
Ni mis luces ni mis sombras que son luces en la sombra te he ocultado
y a tí no te interesan.

Yo no lanzo piedras al río para verlas caer
no corro detrás de los sueños
no sueño ni suelo creer
ni poder
no creo poder ser yo
sin perder.

Las tardes de abril no son tan bonitas
Las mujeres no son ángeles redentores
Tú no me quieres
El viento no tiene la respuesta
Nadie habla con nadie y nadie
ha visto a Dios
ni Dios perdona a nadie.

El tiempo no espera pero la muerte
sí espera tranquila sentada a su lado
a que se rinda la vida
que se te acaben las ganas
que te aburras y dejes de jugar
y sólo por paciencia
gana la partida.

Escribir no es la salvación
El amor no es la salvación
Nadie habla del amor porque el amor no existe.

Ah, y la lluvia moja
no quema,
tampoco canta ni enferma
ni escribe poemas.

Es mi sistema inmunitario que es una mierda.
Son las bajas defensas.

Te has esfumado, Hijo del Viento

¿A qué no-lugares te lleva el tránsito de la noche temprana? Lástima -me digo- que no nos hayamos despedido. Pero no importa, ya te veré por ahí. En la próxima distopía desusada. Y otra vez compartiremos Todo, tu y yo. Absolutamente todo el aire que nos separa, una a una, desde la primera hasta la última molécula, gases tóxicos incluidos.  Y también Nada. Porque nada son, al fin y al cabo, una cifra, sea cual sea, de moléculas anónimas.

Y así encapsulado, el Sentido Absoluto circulará a velocidades ultrasónicas desde mis ojos a los tuyos y al revés, llenando el aire con las estelas de incontables, diminutos axiomas mareados.

Será, todo esto, en la fugacidad de un instante preciso, una y mil veces.

Destello de luna en la noche soñada.

*

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        “Treinta y tres muchachas salen
        a cazar la mariposa blanca”,
        Max Ernst 1958

Imagen

Cuando miro atrás no recuerdo más que vagas manos de monstruos delicados en mis noches. El paisaje borroso de algún antro donde ahogaba tu ausencia en vasos de ginebra. Cruzar Madrid como quien cruza el infierno en un taxi fantasma, para volver a mi casa tras la furia. Un terror permanente que aún perdura al amanecer que inexorable siempre llega con su falsa promesa de futuro, con su luz de mierda que hace el mundo más hermoso; pero a mi ya no me engaña. Y me irrita que la luz arroje claridad sobre mis sombras, que me queme los ojos el sol de la mañana. El día me hace vulnerable a las miradas.

Recuerdo aquellas veces que en tu casa cerrabas las persianas al clarear del alba y yo me creía que la noche se había quedado a pasar el día con nosotros, para que siguiésemos amándonos como dos locos, borrachos y felices posponiendo la resaca. Deteníamos el tiempo a nuestras anchas y todo por aquel entonces funcionaba: fue nuestro verano glorioso, de jugar a ser dioses inmortales, rebosantes de poder y caprichosos.

También recuerdo que me desquicié intentando mantener ese orden inalterado, cuando se nos acabó el cuento y se habían agotado las ganas y los sueños. Porque no entendí nunca cómo pasamos tan de repente a ser insoportables el uno para el otro, a odiarnos como dos posesos alienados, nosotros que nos habíamos querido más que nadie. Y luego el perseguirnos e insultarnos. Tú con tu música hortera de feria de pueblo, y yo con mis poesías grotescas. Yo terminé de desatarme y empecé con la rutina de cerrar bares en los barrios más inmundos de la periferia, para estar lejos de los lugares conocidos, que me avergonzaban y me dolían como sal en las heridas.

Y en cambio, un día sin más tu y yo ya no existía y vinieron otros a compartir sus miserias con las mías, a quererme a su manera, a follarme mucho mejor de cómo tú lo hacías, a ser gasolina apagando el fuego, dioses griegos o animales de compañía. Y cuando no, fue por aquel entonces que si ese amor no me bastaba, descubrí que podía sedar mi hambre de vida administrándome sin necesidad de prescripciones un tratamiento alternado de diazepan y cocaína.

Recuerdo de esa etapa un jazz caliente, la fuerza que me recorría las venas, que se me tensaba todo el cuerpo y me sentía, más que nunca, violentamente viva e instantáneamente luego hundirme en un hermoso y reparador aturdimiento. Todo sin medida. Recuerdo que una vez lloré como una idiota al ver la luna. Que conocí y olvidé a miles de personas. Que vomité apoyada en un cajero toda mi pobreza. Que me entregué alma y cuerpo al último hijo de puta de mi anterior vida. Y sabía que se me estaba acabando de nuevo ese edén, como cuando amanece, como cuando apagan la música, como cuando en la cama él se corría, con una vagido conclusivo de animal, para luego en seguida darse la vuelta y dormirse como un tronco. Y yo me quedaba siempre a medias, despierta, con ganas de más.

Se cansó de mí al poco tiempo, y de pagar mis deudas, me imagino. Me echó una tarde de noviembre de su casa. Sin avisarme, sin darme nada, ni siquiera un beso o una palabra de despedida. Y hacía un frío de cojones cuando esa misma noche volví para llamar quince mil veces a su puerta, cuando le canté desde la calle a su ventana cerrada una canción que no recuerdo, que hablaba de gardenias, entre sollozos e insultos, sin que él me escuchara.

Me fui hacia ningún sitio con la cabeza como reventada, con a cuestas nada más que mi dolor, lancinante, indecible, que me ofuscaba la vista y mermaba mis fuerzas, atravesando a ciegas la ciudad y sus anónimos nocturnos, como si fuese un desierto de cenizas y de nada. Me tortura la imagen de yo débil, yo arrastrada, yo insignificante, rechazada. No sé cuanto tiempo anduve esa noche, extenuándome las piernas hasta el fallo. Cogí tanto frío que aún hoy cuando lo pienso se me congelan las orejas y el aire en la nariz. Sólo recuerdo que llegué a algún sitio de la mañana y me enrosqué sobre mi misma como un gato, sin fuerzas para seguir deambulando. Y en el fondo inconscientemente sabía que si paraba era el final para mí, detenerse para dejarse morir. Quizá me quise dormir demasiado profundamente. Quizá me habría despertado siendo otra, libre del recuerdo, en otra vida, una ardilla, un pajarito, un delfín…

(Son insondables e infinitos los lugares de los sueños. Mas allá de las fronteras del dominio del espacio-tiempo.)

Y sin embargo desperté siendo la misma, a los cuatro días; las sábanas azules de una cama de hospital, un tubo metido muy adentro en la nariz por el que transitaba un líquido denso y negro del que ya se había llenado casi hasta arriba una bolsa de plástico a mi derecha. De modo que así lo habían hecho: me habían sacado la muerte del cuerpo gota a gota para luego arrojarla muy lejos.

Me giré a la izquierda y vi mi mano dentro de otra mano. Y cuando levanté lo ojos le vi sentado a él, a mi lado, me miraba despertarme con sus ojos transparentes y la emoción del que observa la vida florecer tras la nieve del invierno. Se quedó a mi lado todo el tiempo, sin soltarme la mano ni un momento. Me contó tantas historias y yo  no escuchaba sus palabras sino feliz sólo el timbre de su voz llenar las horas de belleza, como tanto tiempo atrás. Él era un ser hermoso; recuerdo que cuando hacíamos el amor sembraba miles de diminutas flores blancas en la tierra yerma de mi alma. Me quiso demasiado, su amor era limpio, sincero y enorme, insoportable para mi que entonces me detestaba profundamente. Todo esto fue antes que todo, antes de que empezara la caída que habría culminado en esa cama en la que me encontraba, antes de votar mi vida al desenfreno, y éramos casi unos niños. Me dijo que jamás me habría dejado y ahí estaba, tan cerca como entonces, como si todo hubiese permanecido intacto, inalterado por el tiempo.

Su presencia selló el vacío y fue remedio para el dolor sordo de esos días en los que sin él me habría perseguido el recuerdo de la angustia. Y me dejó su presencia silenciosa en mi mano al irse, cuando fue el momento y yo le dije que se fuera. Tantas veces le había fallado, tantas veces le vi sufriendo, cuando el demonio salvaje que habitaba dentro de mí se hacía patente. Yo sabía que no se habría borrado nunca de sus ojos la imagen de yo rompiendo a puñetazos las ventanas de mi cuarto y celebrar la destrucción bailando descalza encima de cristales rotos; ignorante o indiferente a su dolor, matando su belleza poco a poco, sin darme cuenta. Se fue sin hacer ruido, como entonces, lleno de amor y de amargura, y para siempre.

Y desde ese día ya no he vuelto a ser del todo, voy siendo como a medias.

Desde ese día ella no ha dejado de andar sin rumbo. Atraviesa la ciudad como una sombra, a veces va torcida y cojeando. Dicen que se jodió la pierna izquierda saltando de un balcón, por no pasar por el umbral de una puerta. No habla nunca pero si se te acerca no la escuches, ay de aquél que oye su canto. Hay quien piensa que desciende de las sirenas que embrujaban a los hombres de los barcos, si la escuchas te llevará con ella a su naufragio. Se entrega libre a la intemperie, le gusta quemarse en el asfalto hirviente del verano y los charcos crapulosos en el hielo del invierno. No está viva, ni tampoco muerta. Anda huyendo de la vida, sepultando en la basura su pasado y esquivando su futuro y las miradas de la gente. Devora el tiempo como fuego, quema cada instante del presente, del mismo modo que quema la plata con el chino, inhalando el humo de las horas y los fantasmas de su mente. Vive así, animal famélico y peligroso, presencia intermitente de los suburbios. Algunos dicen que nunca duerme. Sus orejas son sordas a comentarios, insultos  o juicios, pero ríe del que la compadece, pues sufre su condición de humana miseria, mientras que ella eligió libremente arrojarse a la calle y al sinsentido, y languidece en el gozo mefítico de ese destino miserable.

Es bicho despreciable, espectro de mujer, medio bruja silenciosa, loca, amenazante, habitadora de los límites, a su modo poderosa.

Cuando voy andando por la calle a veces me la cruzo y ella me planta por un instante sus ojos negros de bestia furiosa, ojos enormes de perra callejera se me clavan escupiéndome nsu rabia y sus reproches. Tengo miedo de que aparezca detrás de cualquier esquina esperándome para arrancarme la cara de un mordisco, para romperme la cabeza en el bordillo o arañarme la piel hasta que sangre.

Tengo miedo porque sé que entonces yo no podré defenderme ni proteger mi cuerpo de su furia. Recibiré pasiva su violencia.

Recibiré sus vejaciones en silencio y lo haré porque yo ya sé que yo soy ella. Ella vivió dentro de mi por mucho tiempo, antes de arrojarse por mi balcón a la intemperie, el día que le dije que la odiaba.

Entre las dos yo soy la mentirosa y la cobarde, ahora solo cuento sus historias convertidas en leyenda, como si no fuesen las mías. Me aterra reconocer que ella me falta y que la añoro en mi, reina tirana y loca. Me aterra pensar que jamás volveré a sentir lo que sentía con ella, asomarme a los abismos de lo incierto, reconocer el vértigo vital. Me aterra desear que vuelva. Ella solo va donde es bien recibida.

                                                                                                       Foto de Claude Cahun

                                                                                                           (A mis amigos, todos ellos)

 

 

He pertenecido al silencio.

Me he ahogado en gritos que no salen,

en palabras que no existen.

Ni paráfrasis existen

que sirvan para explicar nuestra Angustia.

 

Somos hijos de la Historia:

vivimos en una generación todas

las generaciones que nos precedieron aquí

en esta tierra humillada.

Esclavos de la memoria.

 

He crecido entre las sobras

de la ciudad siempre despierta,

compulsiva en todas mis conductas

-porque el entorno nos conforma-.

La ciudad me hizo ciega a la luz

y sorda al sonido,

de tanto ruido y tantas farolas, fanales

de coches en procesiones infinitas.

Lluvia sucia en el asfalto hirviente

vapor y humo.

La ciudad arde,

se retuerce en la contradicción del velado nexo

entre el patológico exceso de cosas –el imperio del consumo-

y el defecto de valor,

postergado hasta la anulación

por el binomio imbatible mercancía-precio.

 

Nosotros somos masa informe en el crepúsculo

jóvenes cáusticos y hambrientos

deprimidos espectros demacrados

avanzamos vencidos hacia destinos inciertos.

Vestimos la identidad reglamentariamente convenida

del estereotipo que mejor nos calza.

Y procedemos impulsados

por una única fuerza

que no es la nuestra,

inextinguible y lenta

la ley de la inercia.

 

 

(-No sé amar,

nunca nadie me ha amado.-)

 

 

Cuando nacimos

el amor ya había sido reducido a execrable perversión

por los medios y el consumo.

Nos contaron todas las historias,

nos atiborraron de caramelos hiperedulcolorados

sugestiva forma de corazón, blanditos y rosas

irresistibles.

Yo creo que es una sustancia que no se digiere

la sustancia de la que están hechas tanto las chucherías de los chinos,

como la mistificación y los clichés,

tanto que se nos ha quedado ahí

pegada en el estómago

desde hace años y para siempre.

 

Condición humana:

precariedad extrema.

Yo no pienso en mañana

nunca quiero que llegue.

Estiro el presente,

me refugio en el limbo de la ebriedad y la noche

a salvo del tiempo,

en los rincones inexpugnables del sueño.

Pero mañana llega

sistemáticamente

siempre

acompañado de la habitual sensación de náuseas

somatización –me figuro- de una suerte de vértigo existencial.

Yo empiezo mis días lanzándome

por la ventana de mi cuarto

al abismo negro que es más negro

que el núcleo de una célula de sombra,

a pesar de que amanece.

El clarear del horizonte anuncia

un nuevo día. Futuro:

salto al vacío.

 

Pero entonces

desde la nada,

infalible

me recoge la inercia entre sus brazos.

Templado abrazo de la repetición,

seguridad de la costumbre incrustada.

Piloto automático.

(-Duerme-).

Y es que el desarrollo de la tecnología nos hace, sin duda, la vida más fácil.

Ya no hay vértigo y se ha cerrado la ranura

antes abierta hacia la nada,

arrullada por la monotonía

me sosiego.

Se va el miedo porque

no hay lugar para el miedo

en la dinámica de nuestro tiempo,

ritmo invariable, frenético de acciones automatizadas.

 

Gracias Señor

por dar un sentido a nuestras vidas.

Gracias Señor por la Ciencia y la Técnica

-portentosas, salvíficas-

alienada me siento mucho mejor:

produzco y olvido.

Soy parte de algo

y en ese algo encuentro mi Yo.

 

El Dios tradicional

(viejo modelo compasión y perdón)

había muerto ya el siglo pasado.

Asistimos, en nuestra época, a la reformulación de la religión:

inesperadamente recuperada la Metafísica aristotélica,

presenciamos el perfilarse de un Dios-motor

gran máquina todopoderosa, de infinita propulsión.

Asimismo se modifica el despliegue práctico

del dogma de la fe:

No creemos sin ver, saber, ni amamos ya

la presunta infinita luz de un ser trascendente

pero cercano (al fin y al cabo),

casi humano (o demasiado humano).

Ya no.

Ahora sencillamente nos hallamos

-a ciencia cierta-

ante la actuación ilimitada de una divina Fuerza.

Entidad total, autocreadora y eterna

que rige mecánicamente

todo lo que en el mundo acontece.

El nuevo Dios ordena el cosmos,

libera al fin al hombre de la pregunta por las causas.

Dios simplificador

allanador de diferencias,

sin esfuerzo barre

la vieja cuestión del libre albedrío,

nos exime de por qués

y despeja la fastidiosa niebla

inhibiendo cualquier posible duda,

entorpecedora en el sistema

impecable, preciso

de todo el devenir.

 

Y así es

ya que yo sólo funciono

si no dudo

si no sufro

no siento

no escucho

no entiendo

no espero.

No me asedia la Angustia si no espero

nada.

Nunca nada.

Si no creo en nada.

Y de este modo rotas las cadenas de los vínculos,

desechadas las esposas de la moral,

los grilletes de la esperanza

y la vana idea –fantasía pueril- de una identidad personal,

así soy libre.

¿Libre?

Libre forma fluctuante

desanclada, apática, pasiva,

invertebrada.

Vacía.

 

Nada quedará de mí

tras mi muerte.

Una piedra mísera. Ni una huella.

Ni un recuerdo.

Pues la memoria se nos acorta gradual e inexorablemente cada día.

Me llorarán dos o tres veces cada uno

para guardar el protocolo

y luego olvidarán.

 

No nos enseñaron a afrontar el dolor.

Nadie nos explicó cómo sufrir,

soportar el peso de una cruz,

sentir la pena.

Olvidamos, huimos, nos anestesiamos.

Al primer atisbo de frustración

precipitadamente acudimos al especialista plurilicenciado más cercano

-Doctor, prescríbame algo para este malestar tan raro-

-Dígame, ¿dónde le duele?-

-¡No lo sé! No lo entiendo. Es algo…dentro…-

-En ese caso no se preocupe, se trata de algo muy común, bastante molesto pero afortunadamente trivial. Tome estos comprimidos y no piense usted en ello. ¡No lo piense! Y verá que en dos meses ni se acordará.-

En nuestro tiempo es legítima

-celebrada-

pregonada a diestro y siniestro la narcosis.

La vía de acceso -rápida y fácil-

(por un módico precio) al bienestar

es la enajenación.

 

Y sin embargo,

sin embargo nosotros intuimos

en este silencio

en lo profundo

el palpitar de nuestra sangre en las venas.

Sin embargo vislumbramos instantes

fugaces

de comprensión absoluta entre dos cuerpos,

de belleza vibrante

en miradas que se cruzan

o en el roce fortuito de una mano.

 

 

No hay desesperación sin un resquicio de esperanza.

 

 

Imperceptible casi

pero incendiaria,

hay una grieta que se abre

en el cemento armado de nuestras vidas.

Y ahí,

tras el cemento,

-de la hendidura surgen destellos-

se halla,

constreñida,

toda nuestra fuerza.

Latente y poderosa.

Pura

mas ceñida por un muro inexpugnable.

En nuestras noches en blanco,

(esa soledad aterradora de las noches)

noches en las que nos invade

-bruja de hielo-

la Angustia,

nosotros

desarmados, débiles

odiamos y al mismo tiempo

con todas nuestras fuerzas nos aferramos

a esa grieta,

único vestigio de humanidad

(ineliminable)

que nos queda.

 

Me ocurre algunas veces

que la lucidez me agota:

discernimiento extenuante.

En un segundo mi mente se convierte en cascada

imparable de libre pensamiento

-nuevo,

mío,

transparente-.

Y entonces, de repente,

caigo rendida a la dulzura embriagadora de la inconsciencia.

Cálido y familiar útero materno.

 

Torpemente manifestamos

nuestro desacuerdo.

(Reivindicaciones confusas, quimera borrosa)

Abrimos vías nuevas

con los medios limitados de que disponemos.

Somos héroes insectiformes

extravagantes soñadores

inconscientes

por las calles

locos

sin medidas

borrachos lamentables

sin mañana

sin creencias

sin respeto a la vida

ni prudencia

sin experiencia

quemamos los días

quemamos

a cada paso

enteras avenidas

en nuestro avanzar.

Dejamos la marca de fuego

del desenfreno que

nos enciende, al quitarnos el velo.

En cortejos

de ojos

(¡despiertos!)

que ven y

se deslumbran

cuando miran el cielo.

 

Y tantos nos perdimos…

nos perdemos.

Desgastamos los frenos

inhalando el gozo de la imposible desmesura.

Y no era más que un querer

acceder a la fisura.

Volver a nacer,

reconquistar lo que es nuestro

el ser que no somos

que nos es negado, que nunca fuimos

que anhelamos.

 

No sabíamos

no pudimos.

Nos perdimos.

Éramos ingenuos adolescentes

famélicos

-solos-

sin nada que perder en el intento.

Éramos niños perdidos

arrojados de la nada

a la ciudad implacable.

Sin un ancla

ni un faro,

sin perspectiva alguna de futuro

y un pasado ancestral y polvoriento,

un pasado que pesaba demasiado sobre nuestra espalda diminuta.

Fue una carga injusta

impuesta por la Historia

y que nosotros jamás sentimos como nuestra.

 

Huérfanos del antes y el después

encontramos un amparo en la inconsciencia.

Fuimos hijos adoptivos de la Urbe.

Ella nos enseñó todo

y nosotros aprendimos rápido.

Aprendimos a vivir en la ciudad y a ser como ella,

a funcionar a su compás,

a construir refugios de acero y asfalto

y a deslizarnos como sombras

por las calles

como una extensión de nuestra madre,

confundirnos en su geometría.

Encajar, uniformarnos, envilecernos.

A no desentonar.

 

Ya adolescentes experimentamos

en silencio

la fractura:

ese algo que me falta indescifrable

nos acuciaba tácitamente.

Y nosotros huíamos de la sujeción a nuestra madre tirana…

En las noches de verano nos escondíamos,

ebrios por la excitación,

en los pinares limítrofes.

Descubríamos la risa

febrilmente

bebíamos nuestras primeras gotas de pasión.

Experimentábamos la vida.

Empezamos a violar todas las reglas

-ingenuos, candentes-

finalmente rompimos el silencio

y cantamos en la noche una canción que todos sabíamos sin saberlo.

Nuestro canto se elevó inmemorial y poderoso

hizo temblar los árboles,

innumerables flores blancas brotaron del suelo yermo.

 

En nuestra inconsciencia habita la consciencia

que en nosotros la Historia ha sembrado,

esta Historia cuyo hombre no tiene ya

más que las heridas

siempre abiertas

de la memoria.

Y ya quizá no nos quede otra elección

más que ofrecer a su sed de justicia

la fuerza de nuestro eterno presente de felicidad,

y a la luz de un tiempo que comienza

la luz de quienes son

lo que aún no saben,

y quizá nunca sabrán.

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Estoy llena de agujeros.

Creo que hay un bicho negro dentro de mí que desde hace ya tiempo se alimenta de mi entramado psíquico. Me está dejando sin estructura interna y ahora, cada vez que intento levantarme, irremediablemente, me desplomo.
Pero en realidad no es así; si renuncio al autoengaño de las metáforas tengo que reconocer que no hay ningún bicho, ni hay agujeros, ni nada más que llanamente yo, con mi tendencia permanente al autoboikot, a la estable inestabilidad. Mi permanencia en un ahora que es siempre todavía. Caos, deseo desenfocado, juego sin reglas. Impotencia ante el libre fluir desestructurado de la conciencia.

En las noches de vigilia me enfrento cara a cara con el Vacío. El indecible Vacío que en la claridad esquivo me encuentra despierta ciertas noches y las puebla de abominables monstruos. Y yo no puedo cerrar los ojos. Fascinación y miedo se diluyen en el lienzo blanco del insomnio cuando doy espacio a la fantasía.

Esta noche que tú no estás a mi lado y a saber de quién son esta noche tus manos y tu lengua, yo me muero de miedo y de frío, en el silencio forzado al que me obligué para no pedir nunca jamás tu ayuda. Tiemblo y callo, en la nube de humo y sombras que es ya mi habitación de niña pequeña.

Pienso en ti, alma de pájaro, tan ajeno a todo esto. Pienso en ti y solo te pienso lejos, interlocutor de miradas, compañero de cama, hombre de otras.
Ya nunca esos recuerdos me pertenecerán y por eso no pueden ser mi refugio en el espanto. Me atraganto, rompo a toser, porque mi saliva me sabe amarga, me sabe a mentira desvelada, a deletérea mistificación.

Rompo a toser, rompo el silencio. Aprieto los párpados y, entre las sacudidas de la tos -que me ahogo, joder-, una convulsión es, por razones insondables en noches como ésta, una patada a la lógica espacio temporal.

Y así, de pronto, me encuentro fuera. Fuera, lejos, en una plaza que conozco bien, en medio de una fiesta pagana de sátiros, bacanales, ninfas, centauros y demás seres mitológicos vociferantes, con los rostros deformados por el vino. La plaza de Agustín Lara esta noche arde en danza desenfrenada, muecas, ojos en blanco, y patas peludas. Sudor y risa, alcohol a mansalva, con la bendición de Dionisos, padre de todas las cosas.
Seducida por la furia impetuosa me dejo llevar por ellos, reales y físicas creencias populares de milenios atrás. Bebo de sus mismas copas para contagiarme del virus de su locura y ardo, ardo en el anhelo de ser parte de esa alegría desmedida.

Es entonces cuando le veo a Él, ojos negros y salvajes. –Cerca, acércate, más cerca- esos ojos irradian un poder descomunal. Fuerza sobrehumana que subyuga. Subyugada, no opongo resistencia y dentro del vórtice ya incontrolable, bailo con el Chivo, cabeza de cabra y cuerpo de hombre, cuerpo hermoso de hombre joven. Perfecto, como esculpido en bronce, y la virilidad exuberante de una polla enorme, enorme y dura.

Me ha embrujado con sus ojos fijos. Mientras todas las criaturas incansables se agitan a nuestro alrededor. –Por qué me escoge a mí que soy humana, que estoy aquí y no debería de estar y probablemente sea pecado la ambición de presenciar, participar de algo que según leyes ancestrales está vetado a los hombres. Por eso no lo comprendo. Y además he bebido su vino y he deseado su cuerpo y he mezclado mi ser con el de ellos…- ahogada de repente por dudas terribles busco desesperadamente más vino para callar las voces que me asedian, vino para sedar el miedo. Vino, anestesia, que no quiero sufrir, por favor…

Pero a cada trago me quema más la boca del estómago, tengo náuseas y el hígado me va a reventar. Así que va creciendo el malestar, miedo y culpa ya empiezan a edificar un muro, ladrillo a ladrillo de fobia social. Me encuentro al borde del ataque de ansiedad, porque ahora lo veo claro. -Que no soy como ellos y que tampoco soy como los demás y que en el fondo no sé como soy y querría poder no cuestionarme siempre joder-. Lágrimas de rabia empiezan a brotarme de los ojos otra vez más esta noche por el ridículo, la distancia y el rechazo. Se me mezclan los recuerdos antiguos con los recientes, sensaciones y palabras incrustadas en mi memoria, recurrentes, incomprensión, incomprensión, incomprensión.

Y es ahora, que me he vuelto minúscula, en el ápice de mi vulnerabilidad, cuando el Chivo rompe en una carcajada ensordecedora y, sin dejar de mirarme con ojos de bestia, alcanza la pletórica eyección y se corre sobre mí.
Y yo, aturdida, me tambaleo.

Me desplomo.

Estoy sola, tendida en el asfalto. Una desconocida debilidad me inmoviliza.
Quién soy yo, en el barro primigenio.
Quién soy yo, manchada de esperma mitológico. Los huesos como rotos, pegada al suelo, caída desde quién sabe dónde. ¿Dónde oí hablar por primera vez del Mito de la Caída? Ecos de nombres me vienen a la mente pero ahora con notas ambiguas en el significado. Felicidad primitiva, Paraíso perdido, John Milton, ¿Tautología?, La separación del hombre de sí mismo…(algo relacionado con Platón, dualismo ontológico quizá).

Los negros de Lavapiés se acercan poco a poco. Me rodean, se burlan de mí. Me infligen mi raza o mi sexo. Me escupen.
Y es que soy un espectáculo penoso, así, sucia, arrojada a la calle. Arrojada a la vida. Desde un sueño a otro sueño, no menos ni más real que el anterior.

Recuerdo mi vagar por esta jungla gris de calles y personas escurridizas y pienso que los negros de Lavapiés siempre me inquietaron. A veces se ríen solos o dicen cosas que no entiendo, o no entiendo por qué se ríen, si es de mí, por mi aspecto o por cosas que no recuerdo de mi pasado.
Tienen un corazón negro como ellos y un secreto antiguo envuelto en mares de profundas e impenetrables tinieblas.

Dónde está Dios ahora y por qué cojones no arroja un poco de su infinita luz sobre este lugar para que pueda perfilar –claridad y distinción- qué es lo que ocurre a mi alrededor que es un ajetreo de sombras y pensamientos entrecortados.
Dónde estás tú y por qué no me tiendes tu mano firme para que pueda levantarme del suelo sin tener vértigo o miedo de volver a caer otra vez.

Shiva, Vishnu y Krishna, grandiosos y solemnes, me miran desde sus tronos dorados, negándome categóricamente la entrada al reino de los cielos y embargándome la serenidad en Tierra. Así prescribe el Dharma sagrado, para los que no somos capaces de comprender la unidad de todas las cosas en el Absoluto, que no nos entra en la cabeza la idea de la divinidad encarnada en cosmos y criaturas, que no vemos por ningún lado esa luz y esa armonía. Así prescribe para los que tenemos una disciplina equivalente a cero o casi cero. Para los que vivimos contaminados por el mal y –oye- que además nos deleitamos o languidecemos.

A mí me es ajena esa paz. No sé renunciar a la crítica. Las respuestas que un iluminado ofrecerá a mis preguntas siempre me parecerán demasiado simples, lejanas a mi angustia vital y a mi dolor, lejanas a la experiencia encarnada de la ciudad, nuestra Madre, de la ciudad que nos hiere y consume, la ciudad que nos envenena de aire mefítico todos los santos días, sin descanso, ruido, neón y violencia en cada esquina.

Implacables divinidades hindús, imperturbables, indiferentes al sufrimiento de los humanos. Porque hay humanos más torpes que, como yo, no entenderemos nunca la unidad de la multiplicidad y a los que nos aburre soberanamente la práctica del yoga. Me condenaréis sin duda a la interminable sucesión de reencarnaciones y tendré que vivir mil y una existencias fragmentadas, malgastadas como ésta. Mil y una vidas siendo siempre yo, de nuevo, para siempre hasta el fin de los tiempos…

Pues a la mierda. Vosotros y vuestros nombres impronunciables. Prefiero mi más compasivo Dios cristiano, que, al menos en mi cabeza, parece hombre. Y me da igual si existe o no.

Pero ahora llueve a mares. No logro recordar en qué mes estamos porque al mismo tiempo no recuerdo que en los sueños, por lúcidos que sean, no hay tiempo. –Pensaré después, o puede que esto ya lo hubiese pensado antes, que es patética la forma en la que los humanidad se obsesiona por la cuenta de las horas y los días. Que nos empeñamos como idiotas en medirlo todo, incluso lo que no tiene medida, y vivimos esclavizados por una absurda tríplice división en antes, ahora y luego, dando por sentado que un reloj es la respuesta a la pregunta por el cuándo. Sin ver que los mecanismos de defensa racionales contra el caos son ellos mismos, paradójicamente, un completo sinsentido.-

Pero no importa ahora. Ahora llueve sobre mí y los negros se disipan, corren a refugiarse en sus antros de alquiler, porque en su tierra nunca llueve. Ellos pasan frío, más que hambre. Pasan droga, para no pasar hambre, pero el frío es frío y en la calle en invierno hace frío, por bien que te vaya el business, sobre todo si no estás acostumbrado.
Ven agua y límpiame la sangre de las heridas. Límpiame la piel que se me ha impregnado del olor del desprecio. Llévatelo todo calle abajo, lejos de mí.

Sé que si ha de venir la Revolución será un mar de ira azul que tragará toda esta fría miseria.

Lluvia torrencial y poderosa, llega hasta ese lugar donde arrojamos sus cenizas, llueve sobre Él, sobre esa ceniza que es la penosa disolución de su forma (nunca entenderé por qué sometemos nuestros cuerpos a tales martirios, en la vida y en la muerte). Cae y llévate lo queda de su cuerpo al Mar. Morada eterna.

Hay algo que es universal y es la sed. Por eso si el Mesías viene a la Tierra algún día yo pienso que lo hará en forma de lluvia. Serán mil océanos los que caerán sobre la humanidad para calmar la sed de amor y verdad de todos los hombres.

Con renovada fuerza me levanto y mis piernas milagrosamente sostienen, como pilares de un templo griego en ruinas, el peso inimaginable de mi cuerpo. Es como si mis huesos fuesen de plomo, como si llevase sobre la espalda el peso de toda la historia y las historias del mundo.
Quiero dejar de temblar y te busco con los ojos. Te busco en la soledad de esta noche sin tiempo, en este sueño febril y despierto.

Recuerdo la calle Esperanza. Recuerdo encontrarme conmigo un día, tiempo atrás, y entender el significado de aquella palabra sólo al leerla ahí, en la placa azul.

Pero tú no estás aquí, aunque te busque hasta extenuar la Esperanza. No estás y yo pienso que si estuvieses me salvarías del aplastamiento inminente, del fallo de mis piernas, de convertirme sin más en un montoncito de estúpidos escombros, yo templo, que fui templo, que hace menos de cinco mil años fui un templo.
Así que de nuevo, irremediablemente al suelo.

Me desplomo.

Ha dejado de llover.
Quiero volver a casa.
Que un helicóptero venga a buscarme, por Dios, y me saque de este lugar y de esta noche y me devuelva a la claridad del sol de la tarde templada, a las paredes de mi cuarto, a mi vida, al despertar.

Perdóname mamá, por no ser digna, de la manera en la que tú entiendes la dignidad, que no es la mía pero es la correcta. Perdóname papá, por no encontrar la fuerza, por dejarme caer, por no poder o no querer hacer otra cosa que desintegrarme continuamente en partículas cada vez más diminutas y alejadas entre sí.

-La vida desperdiciada, la cabeza…la cabeza para nada-. Justificaciones y pretextos que es lo mismo que excusarse, persevero en el error, llámalo culpa, no asumo, delego. Siempre delego en otros, sean hombres, dioses, sustancias o acontecimientos milagrosos la resolución del conflicto irresoluble, mi anhelada serenidad.

Tragedia es conflicto irresoluble. Desgarramiento interno de Antígona entre ley escrita de la ciudad y ley no escrita de los hombres. Tragedia es saber que elegir es renunciar. Es la incapacidad de aceptar la condena a un único camino: la paradoja de la libertad.

Y yo pienso en la libertad y me dan ganas de llorar y me pregunto cómo es posible que la belleza pueda habitar en los conceptos, además de en las flores y las estrellas. Porque yo no sé exactamente cómo definir la libertad pero pensar en ella, tan hermosa, a veces no se cómo me conmueve.

De pronto te veo, a pocos metros del punto en el que me encuentro anclada, y estás con ella. (Mierda.) Sabía, yo ya sabía que antes o después mis ojos verían lo que mi mente se había negado hasta ahora a reconocer. Inevitablemente la miro y me comparo aunque intelectualmente (como gran intelectual que soy) sé que es una tontería, pero soy esclava, por supuesto voluntaria, de mil contradicciones. Y es así como compruebo, desmoralizada, que ella es objetivamente preciosa y que también pertenece a otro mundo, tiene rasgos orientales, melena rojo fuego y una maravillosa cola de sirena.

Yo, que a su lado soy un banal pez mediterráneo, de los que hay tantos que hacen latas de conservas con ellos, me quedo aquí quieta, humillada, ahogándome con el aire como pez fuera del agua, maldiciendo vuestra felicidad.

Pero sabes qué te digo, oye mira se acabó. Yo ya tengo bastante con lo mío como para aguantar también esta situación. No me importa si esta vez has pescado a una sirena, ya vendrán tiempos de algas muertas y yo ya no estaré aquí. Piqué tu anzuelo de promesas falsas una vez pero vete preparando a la idea de que una noche igual te quedas sólo y sin cenar. Porque la pesca mediocre se marcha, que tengo otros planes, y me niego a perder un segundo más de mi vida buscando o esperando una llamada tuya, siendo el relleno de tu tiempo muerto, apostando todo siempre y perdiéndome sin más. Y armada de una inesperada dignidad, con una nueva, recién estrenada, identidad de pez, me sorprendo de repente ahora dando saltitos en dirección hacia el váter. Todo está claro, actúo como siguiendo el dictado inapelable de una necesidad vital. Tiro de la cadena y me lanzo a las aguas fecales, para emprender un largo e ingrato viaje tubería a través, y sin embargo segura de que, antes o después (todos los caminos llevan a Roma) llegaré al mar.

Y desde el suelo ahora sonrío al pensar en la dignidad de los peces. Me acuerdo del entramado de calles estrechas y oscuras que conducen a una plaza enorme, preciosa y diáfana en Roma. Sonrío y la certeza me inunda porque sólo ahora entiendo que no hay un único camino sino miles de tuberías diferentes (y a veces llenas de mierda) que confluyen, sin embargo, a un mismo mar.

Pienso nuevamente en la libertad a cuya definición creo que me acerco. Remite a agua y a destino. De un modo nuevo me parece que lo entiendo y es que no hay posibilidad de equivocarse al elegir si cada uno tiene su propio camino pero la meta es para todos la misma y es la inmensidad.

Libre de angustia, ahora espero el despertar, tendida en el suelo y ya clarea. Amanece en Lavapiés y tú te alejas con una sirena pero a mí ya me da igual. Unos poetas que creo que conozco pero no me acuerdo muy bien revisan los contenedores buscando su alma en la basura y no la encuentran, pero como siempre se llevan objetos extraños, útiles o inútiles, para reciclar. Hay un chino, el típico chino, pero vestido de samurái y con los bigotes larguísimos, que vende cervezas a un euro. Pero seguro que no es cerveza. Le compro una y –ya ves- filtro mágico en lata que me devuelve la fuerza de levantarme. Levantarme y así mirar las cosas desde la perspectiva que me pertenece, sin que todo parezca más grande o al revés.

Una ninfa cruza la calle corriendo, perseguida por un pequeño sátiro aún borracho (mañaneo mitológico), que se queda a dos velas, consternado y sólo, al verla convertirse sin más en árbol, preciosa exuberante higuera en medio de la plaza gris.

Y ya amanece, se disipan las sombras.
El sátiro duerme a la sombra de la higuera. En los charcos miro mi reflejo y me reconozco.
Recuerdo que es no sé qué día de octubre y que mi vida es mía.

Camino calle arriba entre la claridad de la mañana y restos de sueños que perseveran y algunos se quedan, nítidos y vivos, reales incluso en el día, en cualquier rincón de la ciudad.

Subo por la calle Ave María, pienso que coger el metro será como coger una tubería, que no hay miedo que me paralice ya, ni al sueño ni a la vida. Que no hay diferencia, no hay distinción, y así debe ser. Que todo es un avanzar incierto hacia el despertar y el despertar es discernimiento y descanso. La belleza anida en la tragedia y en el conflicto y mana de ellos.
Todo encaja en una dimensión lógica, pero no del todo en realidad.

Y me da la risa. Me da la risa porque es pretextuosa también, pero humana al fin y al cabo, tremendamente humana, mía, esta comprensión parcial.

De acero.

De implacables sombras de duro acero
tiene que ser la noche
para que no la revienten
las cosas que mis ojos han visto
las duras cosas que insoportablemente la pueblan.
 
Mi cuerpo ha sudado los niveles, las
temperaturas, las luces
en largas camravanas de tráfico.
En un banquete de hombre que se aborrecen entre ellos
y a si mismos
en el filo mellado de los suburbios
en un parque ancestral de estatuas húmedas
en la noche repleta donde se alternan la bestia
y el hombre.
 
El universo de esta noche tiene la vastedad
del olvido y la precisión de la fiebre.
 
En vano quiero distraerme del cuerpo
y del desvelo de un espejo incesante
que lo repite y que lo acecha
y de mi casa que multiplica sus patios
y del mundo que sigue hasta un despedazado
arrabal donde el viento se cansa y de barro torpe
 
En vano espero
las desintegraciones y los símbolos que preceden
al sueño.
 
Sigue la Historia universal:
los rumbos minuciosos de la muerte en
las caries dentales
la circulación de mi sangre y de los
planetas.
 
(He odiado el agua crapulosa de un charco
he aborrecido en el atardecer el canto de un pájaro).
 
Las distancias implacables del suburbio de Madrid
metros de calle sucia y obscena, metros
de execración,
no se quieren ir del recuerdo.
Rostros deformados, personas en montón como
perros, charcos de plata fétida.
Soy guardiana nocturna de esas colecciones
inmóviles.
 
Sirenas, nombres, rechazo, papeles muertos, sobras
de Madrid.
 
Creo esta noche en la terrible inmortalidad.
Ningún hombre ha muerto en el tiempo,
ninguna mujer
ningún muerto.
Porque esta inevitable realidad de acero y barro
tiene que atravesar la indiferencia de
cuantos estén dormidos
o muertos.
-aunque se oculten en la corrupción
y en los siglos-
y condenarlos a la vigilia espantosa.
 
Densas nubes color vino tinto
infamarán el cielo.
Amanecerá en mis párpados apretados.

 

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